Percepción.

Jill Wellington

Aprovechando que sus ojos no me miraban, recorrí con sigilo, todo su ser en la medida y rapidez en que, pude hacerlo.

Me quedé con su color de pelo, igualito que la miel. Miel de mieles, con toques de arándano y romero.

Sentía la unión de su rostro delicado fundiendose con el mío, a pesar de estar, a más de dos metros de distancia.

Sus dedos no eran perfectos pero, no así, el movimiento elegante y acompasado. Espresiones sin limitaciones, sin complejos.

Su piel era de un color dorado tenue y elegante, hasta llegar a semejarse en apariencia, al color del ámbar.

Me fijé en su escote perfecto. Perfecto por no rallar lo atrevido. Perfecto porque era el justo; estratégicamente sensual.

Luego levantó la mirada, y me mostró con su mirarada, la belleza de su alma. No se dio ni cuenta de que, le vi.

Entonces, su mejillas se sonrojaron, sintiéndose como al desnudo…Todo se derritió. Pidiendo disculpas, se retiró y ya, nunca regresó.

Eres temido, por todos aquellos que son observados. Por todos y cada uno en los que, puedes adentrarte, aún sin quererlo.

Doy por supuesto que, cada uno de nosotros, guardamos siempre algo muy escondido.

Guardamos sacos que pesan mucho, mentiras de patas cortas, pañuelos con lágrimas falsas, recuerdos que solo a nosotros nos interesan; promesas que nunca se cumplieron o, mentiras poco piadosas y, endulzadas con veneno santificado.

Doy por hecho tanto!…Que por dar tanto por hecho: Casi siempre, el darlo por hecho se queda realmente en nada. Verdaderamente en, muy poquita cosa.

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